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Sociedad digitalizada. Manuel Castells

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Ahora ya sabemos para qué sirve internet. Para comunicar, como siempre fue obvio. No aísla, sino que relaciona. No aliena, sino que alienta. No elimina la emoción, sino que la alimenta. No se come, pero sin los pedidos de vituallas y las recetas online sería más difícil comer ahora. Gracias al teletrabajo se mantiene mal que bien la actividad económica y de gestión. Y así se acabará el curso en la universidad. Incluso, según la recomendación del Gobierno de Argentina durante el confinamiento, el cibersexo permite relajar la tensión acumulada. Miren por dónde hemos entrado de lleno en una sociedad digital en la que ya vivíamos pero que no habíamos asumido plenamente.

No habrá vuelta atrás. Porque la nueva normalidad no será la que conocimos. Y porque al igual que una sanidad pública mucho más potente será nuestra garantía de supervivencia, la digitalización completa de nuestra organización económica y social pasará a definirse como estructura permanente de mantenimiento de nuestra comunicación en cualquier circunstancia. Y la comunicación es el fundamento de la vida. Ah, pero ¿y la brecha digital? Aquí andamos todavía con ideas obsoletas, de hace dos décadas, cuando la crítica social se adelantó a la nueva realidad tecnológica antes de saber qué era. Pues, mire, para hablar sólo de la sociedad española, el 91,4% de los hogares tienen acceso a internet a través de un ordenador. Y si contamos los hogares que tienen al menos una persona joven, son 93,3%. Incluso en las localidades de menos de 10.000 habitantes, el 74% de los hogares tienen acceso a internet. Además, naturalmente, de lugares de trabajo y universidades, en donde acceso y uso de internet es la regla.

Hemos entrado de lleno en una sociedad digitalizada en la que ya vivíamos pero que no habíamos asumido

Pero hay algo aún más importante: la tasa de penetración de líneas de telefonía móvil por 100 personas es del 115%, o sea, más líneas que personas. El 97% de las personas tenemos móviles y de estos móviles el 87% son teléfonos inteligentes, es decir, un ordenador con acceso a internet en nuestro bolsillo. ¿Y los viejos? Sí, utilizan menos internet, pero una mayoría usan WhatsApp porque es fácil y les permite estar en relación con familia, amigos, la vida en general. Lo cual explica que el 75% de las personas utilicen regularmente WhatsApp.

En promedio, una persona pasa 5,5 horas diarias online. Es decir, ya habíamos integrado plenamente (son datos del 2019) la comunicación digital en todos los ámbitos y por eso la transición a nuevas formas de ­relación y actividad durante el confinamiento ha sido menos dramática, aun siéndolo mucho. En parte, porque este país tiene un buen sistema de telecomunicaciones y las redes han aguantado sin incidencias notables la explosión de tráfico durante el confinamiento.

Claro que hay desigualdad social en la sociedad digital. Como en la sociedad general. Lo sorprendente sería lo contrario. Pero ¿saben qué? La desigualdad en acceso a internet es bastante menor que la desigualdad en renta o en patrimonio, en España y en el mundo. Tal y como el estudio que hicimos desde la UOC con Mireia Fernández-Ardèvol demostró para el conjunto de América Latina. La razón es muy sencilla: la comu­nicación es lo que más valora la gente como recurso, por ser indispensable para trabajo, relación, información, entretenimiento, educación, salud y lo que se tercie.

Aunque claro que hay problemas muy serios en la digitalización. El más inmediato: la desigual implantación de redes actualizadas y de programas de fácil manejo. Dos sectores en particular son tremendamente deficitarios: la administración pública y la educación no universitaria. Ciertamente ambos sectores han progresado considerablemente desde el estudio sobre nuevas tecnologías en España que yo dirigí en la edad media (bueno, algo menos, los ochenta). Pero aún van con un retraso considerable con respecto a las empresas, las finanzas, las organizaciones sociales, la prensa, la universidad e incluso las personas que navegan sin cesar por el mundo digital. No sólo los llamados nativos digitales (que serán mayoría dentro de algún tiempo), sino cualquiera que quiera hacer cualquier cosa. Tal vez con la excepción respetable de algún humanista que reivindica su derecho a la objeción de conciencia de vivir en el mundo crecientemente digital que hemos creado. Una actitud comprensible como reacción a las exageraciones de los profetas de la tecnología convertidos en vendedores de pócimas milagrosas. Para aliviar sus temores deberían consultar el acervo de investigación científica acumulado en España y en el mundo. Los estudios demuestran que el contacto directo entre personas no desaparece con internet, al contrario, se estimula. Las dos formas de sociabilidad son cumulativas. Y que un uso más intenso de internet tiene efectos positivos sobre la satisfacción de las personas. Porque internet favorece dos factores fundamentales causantes de esa satisfacción: la densidad de relaciones sociales y el empoderamiento personal.

De modo que nuestro mundo es y será necesariamente híbrido, hecho de realidad carnal y realidad virtual. Es una cultura de virtualidad real porque esa virtualidad es una dimensión fundamental de nuestra realidad. Y cuando se ciernen amenazas como la actual pandemia sobre nuestra vida siempre podemos replegarnos, adaptarnos y volver a empezar, siempre hacia el abrazo, que, eso sí, ni podemos ni queremos virtualizar.